Un gato negro con tres patas

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Un siniestro relato de Nachob

¿Puede repetirme la cifra?

Doscientos tres. Pero es sólo un cálculo estimativo, todavía existen muchas lagunas y nos faltan algunos datos.

¿No le parecen demasiados para un asesino en serie, Comisario?

No es exactamente lo que podríamos denominar “un asesino en serie”, Señoría. En realidad, podríamos decir que se trata de justo lo contrario.

 

(Extracto de la declaración del Comisario Bruno)

 

—¿Julián?

Julián se giró hacia el lugar de dónde provenía la voz. Guiñó los ojos tratando de reconocer la persona que se dirigía a él, pero tenía el sol del atardecer de frente y sólo pudo ver su silueta recortada a contraluz.

—Se llama Julián Díaz, ¿no?

Se puso la mano en forma de visera tratando de distinguir los rasgos del individuo que le preguntaba su identidad. Esta vez ya fue capaz de identificar que se trataba de un hombre, de mediana edad, con aspecto desaliñado, barba de tres días y ojeras de algunas noches más. Tenía la voz grave, tal vez cascada por el consumo de alcohol o alguna enfermedad, y le miraba sin sacarse las manos de los bolsillos de su gabán, mientras sujetaba bajo su brazo una ajada carpeta de gomas. Lo primero que pensó es que se trataba de algún vagabundo en busca de alguna moneda, pero el hecho de que se dirigiera a él por su nombre le inquietó. Tras escrutarle con más cuidado, tenía claro que no le conocía. O, al menos, no le reconocía.

—¿Quién lo pregunta? —respondió algo receloso

—Bien, advierto que es desconfiado. Eso es bueno para mí. —Una especie de mueca semejante a una sonrisa se perfilo en la cara del desconocido—. Tengo algo importante que contarle. Por favor, sólo será un momento, acompáñeme.

Julián en principio no estaba muy dispuesto a hacerle caso. No sabía quién era ese sujeto malencarado que le había abordado a punto de subir a su coche, y su instinto le decía que relacionarse con tipos de esa calaña sólo podía traer complicaciones. Sin embargo conocía su nombre, lo cual le intrigaba lo suficiente como para querer averiguar qué pasaba. Además, qué daño podría hacerle aquel hombre. Él era mucho más corpulento y alto, además de experto en artes marciales. Y estaban en un lugar concurrido del Paseo Marítimo, rodeados de decenas de personas. Dejó que la curiosidad le venciera y tomó probablemente la peor decisión de su vida: acompañó a aquel individuo hasta un banco cercano, donde se sentó. Cuando este percibió que efectivamente era seguido, Julián creyó ver que su media sonrisa se ampliaba incisiva, mientras le invitaba con un gesto vago a acomodarse a su lado.

Aprovechó para examinarle con más atención, dándose cuenta que su ajada aspecto obedecía más a una reciente falta de atención de su cuidado personal que a que careciera de recursos o llevase una vida marginal. Su ropa era de marca, y no se veía rota ni gastada. No parecía un hombre acabado, sino alguien que en los últimos tiempos había sufrido algún tipo de stress o preocupación excesiva que le hubiera llevado a la desidia absoluta en su apariencia.

—La vista desde el muelle es magnífica a estas horas, a pesar del frío —señaló lacónicamente el sujeto como si se tratasen de dos amigos que hubieran quedado a conversar tranquilamente. Esa supuesta indiferencia puso nervioso a Julián, que se empezaba a arrepentir de haber hecho caso a la proposición de aquel peculiar tipo a acompañarle.

—Mire, no sé quién es Vd., pero no tengo tiempo que perder.

—Yo en cambio sí que sé quién es Vd. Llevo muchos meses observándole. Al principio de un modo accidental. Simplemente trabajaba enfrente de su casa y desde mi ventana podía ver las veces que entraba y salía del portal y cómo cogía cada mañana su deportivo. Generalmente muy bien acompañado. Eso llama la atención.

—Pero cómo se atreve. Me ha estado espiando. Eso es acoso, y puedo denunciarle por ello. Quién se ha creído que es.

—Sólo un tipo con mala suerte, como Vd., aunque aún no lo sepa. Alguien que se ha cruzado con un gato negro con tres patas...

Pronunció las ultimas frases con un deje tan triste y fatalista que el propio Julián tuvo un estremecimiento, un escalofrío tenue de esos que te hacen sentir extraño, como un presagio de funestos acontecimientos. “Un gato negro de tres patas caminando sobre mi tumba”, pensó sin poder evitarlo, a la vez que agitaba sus hombros en un espasmo involuntario, tratando de alejar esa imagen fatídica.

—No crea que me he dedicado a vigilarle. Al menos no al principio. Sólo era un objeto más sobre el que fijar mi atención en las largas horas de oficina. Incluso alguien a quien envidiar, con su vida de lujo, con sus bellas conquistas. Alguien con quien fantasear para evadirse de una existencia gris y monótona. En el fondo, yo proyectaba en Vd. mis ansias de libertad, de una vida regalada de ostentación y placer. Luego mi mundo se vino abajo, y ahora, he tenido que convertirlo en mi principal candidato. O, tal vez, simplemente es mi única opción.

Aquello empezaba no sólo a parecerle raro a Julián, sino a inquietarle profundamente. Quién era ese sujeto tan extraño, que transmitía esa impresión tan oscura y triste pero a la vez tan hipnótica que le impedía abandonar ese banco y retornar a su, en eso tenía razón aquel tipo, más que placentera existencia.

—Bueno, no quiero entretenerme más. Voy a contarle lo que debe saber, y luego Vd. decidirá. Sé que lo que voy a decirle le sorprenderá, le parecerá absurdo e incluso delirante, pero ya queda para Vd. creerlo o no. Yo, desde luego, no he tenido más remedio que hacerlo. Sólo deseo transmitirle de una vez mi carga para poder recuperar mi vida de nuevo. Aunque sea mediocre y sin sentido, pero lejos de esta locura. Y tratar de olvidarlo todo, todo.

Julián tuvo la intuición de que debía levantarse inmediatamente y huir de allí antes de que dijera una sola palabra más. Pero la fatua seguridad que tenemos los humanos de creer que podemos controlar nuestra vida y el morbo por saber a que se estaba refiriendo aquel infeliz, y cómo había llegado a esas circunstancias, le contuvieron y pegaron a su asiento.

—Primero presentarme, para alejar cualquier sospecha de que esto sea una simple broma pesada o yo un pobre demente suelto. Me llamo Francisco Azpilicueta. Un nombre demasiado peculiar como para inventárselo, ¿verdad? Tengo cuarenta años, estoy casado y tengo dos niños. Le enseñaría imágenes de ellos, pero no quiero perder tiempo ni simular que este es un encuentro inocente. Trabajaba en un banco, en esa sucursal de ahí detrás. Ahora lo he dejado, al menos hasta que me recupere. Han sido unas semanas muy malas. ¿Mi vida? Hueca, sencilla, como la del todo el mundo. Un tipo vulgar, anodino. Sin embargo, algo en mí debía llamar la atención, traslucir de mi interior, lo suficiente como para motivar que fuera elegido. Puede que ocultemos en nuestro corazón muchas lacras que no afloran simplemente porque las circunstancias no son propicias, pero que si se fuerzan, nos pueden llegar a transformar en seres insospechados. Cualidades ocultas y, en muchos casos, perversas, que surgen únicamente si son necesarias. He reflexionado mucho en ello, y puede que en el fondo el pecado ya esté en nosotros, y sólo la fortuna o el azar impida que se manifieste en toda su iniquidad. Pero no quiero aburrirle con filosofías baratas. Ya tendrá tiempo para pensar en ello. Le recomiendo que no se obsesione tanto como yo. Al final, resulta inútil.

Julián nunca había sido un intelectual, y tanto circunloquio empezaba a fastidiarle. Se estaba arrepintiendo de su decisión de quedarse, y, pasada la fascinación inicial que aquel sujeto le había producido, empezó a idear una excusa para zanjar el tema y marcharse lo antes posible.

—Voy a ir al grano; veo que es un hombre de acción a quien la palabra cansa. Bien, bien, eso es bueno. Yo, como decía, era una persona normal en un mundo normal, hasta que alguien me abordó en el restaurante donde solía comer, y me contó lo mismo que yo voy a transmitirle a Vd. Pero antes, me enseñó esto.

Con un gesto seco paso a Julián unas fotos arrugadas que apretaba en su mano. Estaban algo sobadas: se notaba que habían sido estudiadas con ahínco. Julián las recogió y examinó algo disgustado, pero de nuevo intrigado. Al ver de qué se trataba, las apartó como si quemaran.

—Pero, ¿qué broma de mal gusto es esta? ¿Cómo se atreve a...?

—Sí, yo reaccioné igual. No es agradable ver el cadáver destrozado de un semejante. Una cosa es la televisión y las novelas, y otra verlo así, de un modo tan brutal y directo. Pero fue la manera que aquel tipo tuvo de persuadirme de que algo grave pasaba. Sé que en ese momento debí haberme levantado y llamado a la policía, pero tuve miedo. Aquel sujeto, con los ojos desorbitados y la cara desencajada, era la viva imagen de la desesperación. Me asusté, y accedí a escuchar lo que tenía que decirme.

Interrumpió su narración para frotarse la cara con ambas manos, como tratando de despertarse de un mal sueño. Se giró hacia su interlocutor y clavó en él su mirada. Julián sintió aquellos ojos oscuros y hundidos como si fueran dos dagas que le atravesaban. Había en ellos no sólo dolor, sino determinación y algo más, algo que le hizo comprender que estaba atrapado en aquella tela de araña que parecía tejerse a su alrededor. No era la mirada de un depredador hacia su presa, sino la de un muerto que ha descendido a los avernos y ha regresado como un espectro para vagar por este valle de lágrimas a transmitir un último y maldito mensaje.

—Hace ya muchos años, muchos, un hombre cuya alma debe ser tan negra que ni el infierno la aceptaría, decidió dar una lección a quienes habían condenado a su hermano a prisión, donde había acabado suicidándose. Y el retorcido modo que ideó para hacerlo fue demostrarles que en determinadas circunstancias cualquiera puede llegar a convertirse en un criminal. Que el mal anida dentro de cada uno de nosotros, y apenas hace falta un empujoncito para hacerlo aflorar al exterior. Por eso los seres humanos no somos quienes para juzgar a quienes sólo han tenido peores cartas en la vida. Así que obligó al juez a matar alguien si no quería perecer el mismo o perder a su familia. Luego repitió igual atrocidad con el fiscal, el jurado, incluso el pobre abogado de oficio que defendió a su infortunado hermano. Fue uno por uno forzándoles, con amenazas y violencia, a cometer un crimen aún peor que por el que habían inmolado a su hermano. Y, puedo asegurárselo, lo consiguió. De algún modo supo sacar lo peor de cada cual, y hacerles cometer homicidios inconfesables, siempre con métodos distintos y víctimas anónimas, sin ninguna relación entre ellas o con sus verdugos. Parece increíble, ¿verdad? Sólo una leyenda urbana. Material para una sórdida película de serie B. Sin embargo en esta carpeta tiene los datos que demuestran que todo lo que le he contado es asquerosamente cierto. También hay algunas fotos más. Al parecer algunos de nuestros predecesores fueron poco escrupulosos e incluso inmortalizaron sus macabras proezas. Puede que en el fondo sólo trataran de facilitar la labor de los sucesores. O que realmente los hombres seamos tan despreciables como pretendía aquel canalla. En todo caso, guárdelo: lo necesitará. Primero para acabar de convencerse, y, luego, para persuadir al siguiente. ¡Oh!, veo por su mirada que empieza a intuir de qué va todo esto. No se asuste, no sirve para nada. Ni quiera negarlo: tampoco funciona. Simplemente, escuche; queda poco.

El sol se ocultaba sobre el mar, tiñendo el cielo de tonos violetas y púrpuras. Una bonita estampa, que hacía acudir a aquel punto del malecón a numerosos ciudadanos que se asomaban a la barandilla y se relajaban con la hermosa vista después de un día ajetreado. Pero ahora a Julián, al que nunca le había importando lo más mínimo la belleza de ese paisaje, le provocaba una sensación de náusea.

—Aquel miserable, cuando terminó de someter a su maquiavélica venganza a todos los que consideraba responsables directos del destino de su hermano, decidió que no era suficiente. Su revancha se había convertido en una obsesión, el único motivo por el que vivir. Pensó que no bastaba con lo hecho, que debía demostrar a todos que cualquiera puede ser un asesino, e inició un juego perverso, del que Vd. es ahora el último eslabón.

El tiempo se detuvo, como si los minutos quisieran esconderse por las esquinas para no ser participes de lo que se iba a contar.

—Son tres reglas muy sencillas. Primero, debe elegir a alguien como víctima. No importa quién, si es conocido o no, ni si su fallecimiento le supone un beneficio o simplemente es un infeliz elegido al azar. Alguien debe morir por su mano, y da igual de quién se trate. Segundo, debe elegir al siguiente que continúe la cadena. Debe seleccionar a alguien a quien transmitir las reglas, y debe hacerlo con cuidado para no equivocarse, porque si no se aplicará la tercera regla, y será su fin.

Tomó aire antes de continuar, mientras Julián adoptaba una expresión entre incrédula y sobrecogida ante el significado de lo que estaba escuchando.

—La última regla es consecuencia de las otras dos. Si no mata a alguien, o si selecciona a alguien que no continua con la rueda, por el motivo que sea, recibirá similar castigo. Matar o morir, en definitiva. Tiene un mes de plazo para convencerse de que todo es cierto y cumplir su obligación. Si al mes no ha acabado con la vida de alguien, morirá. Si asume que no tiene más remedio y cumple con esta condición, busque a su alrededor a alguien que le sustituya. Si este se echa atrás o le denuncia, deberá matarle y elegir a otro. Si no, morirá.

La noche había caído a su alrededor, y las farolas iluminaban el Paseo Marítimo con conos contiguos de luz. Cada vez había menos transeúntes, que pasaban rápidos huyendo del frío y la humedad. Sin embargo, para Julián todo aquello tenía un aspecto espectral, onírico, como si fuera un sueño o el mal trance de una noche de borrachera y drogas. No podía, no quería creer lo que había escuchado. Era obvio que aquel sujeto estaba loco de remate y que la historia contada no era más que las elucubraciones y paranoias de un demente. Pero había algo en el aspecto de aquel ser, en sus palabras, en su fatídico tono al mostrarle aquellos papeles amarillos, que provocaba que una sorda y amarga voz en su interior no parase de repetirle que su plácida vida se había ido a la mierda, y que nada volvería a ser lo mismo. Como si le hubiera tocado el premio gordo en la lotería de la desgracia, en el sorteo del infortunio. “Un gato negro de tres patas...” Estaba tan impactado que apenas se sentía con fuerzas para preguntar o indagar algo más de aquella disparatada historia. La quebrada voz de aquel heraldo de la desdicha le sacó de su ensimismamiento.

—Yo tardé bastante en admitirlo. Cuando yo estuve en su lugar, frente a un desconocido que me contaba esta desquiciada historia, simplemente me negué a creerle e incluso lo insulté y amenacé. Pero me llevé las fotos de su crimen, que me había entregado para ayudar a convencerme, y las hojas con los datos de cómo se inició todo. Arrugada y llena de manchas, pero pavorosamente veraz. Lo investigué en Internet e incluso viajé a la ciudad donde todo empezó a continuar indagando. Y cuando descubrí que todo era cierto, tuve miedo. Todavía lo tengo. Al principio rehusé y juré que jamás podría hacer algo así, pero cada día que pasaba del plazo dado, la sospecha y el temor crecían en mí. Veía fantasmas por todos lados, gente persiguiéndome. Sombras apostadas en los rincones esperando mi decisión. Incluso ahora estoy seguro de que alguien nos vigila en la oscuridad.

Por un momento a él también tuvo la sensación de que dos ojos ávidos y malévolos se clavaban en su nuca, provocándole un punzante escalofrío. Notó su garganta seca, áspera, incapaz de articular sílaba alguna.

—Tal vez esté todo en mi imaginación y me haya vuelto loco. Puede que todo sea una burda y falsa maquinación alimentada por nuestros peores pecados, pero, ¿y si fuera cierto? ¿Y si alguien estuviese escondido ahí fuera para acabar con mi vida si incumplo lo prescrito? Tal vez el infortunado que me transmitió este maldito legado, y que, por tanto, ya había tenido que liquidar a alguien. O, peor aún, el iniciador de este tétrico experimento que sigue allí agazapado, comprobando que su siniestro designio se mantiene.

—Esto es una locura... No es posible. Es...

—¡Yo no quiero morir! No. A lo mejor por eso me eligieron a mí. Por que soy un cobarde.

La cara de aquel tipo se había convertido en una máscara, en una calavera hecha con jirones de cicatrices.

—Pensé en suicidarme. Parece más digno matarse que convertirse en un asesino. Y la pelota volvería al tejado de aquel desgraciado que me había abordado en el bar. Sí, incluso de esa forma podría incluso vengarme de él, a la vez que demostraba de que yo no era tan indigno como suponían. Pero cuando tuve la cuchilla en mis manos, comprendí que no tenía valor. Sí, aquel tipo me había juzgado bien. Lo imaginaba riéndose de mí en el tugurio donde moran los monstruos. Incluso especulé con la idea de matarle, como irónico desquite. De ese modo tampoco tendría que preocuparme por él, y tal vez se rompiese la cadena. Luego, recordé que todavía quedaría el otro, el originador de esta aberración, y comprendí que, en realidad, aquel desdichado no era un monstruo, sino alguien como yo que debía elegir entre lo bueno y lo malo, entre sobrevivir o enfrentarse a sus demonios. No le odio, cómo podría. Y espero que Vd. también me comprenda. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Hacía frío, y el hombre empezó a temblar, sin apartar la mirada de la oscuridad que se abría frente a él, donde la existencia del mar únicamente podía intuirse por el murmullo del oleaje que rompía contra las rocas, una docena de metros más abajo. Julián le miró apesadumbrado. Sentía como si un puño le estrujara las entrañas, y, aunque mantenía cogidas las fotos y la estropeada carpeta, aún su mente trataba de buscar una salida lógica a aquel disparate, una vía de escape que deshiciera aquel funesto despropósito.

El hombre se incorporó. Parecía más pequeño y miserable que antes, encorvado como si cien siglos le hubieran caído encima de repente.

—Tengo que irme. Es hora de acabar con esta pesadilla. Mi plazo expira esta noche y debo tomar una decisión. Pero no quiero despedirme sin antes asegurarle que no le elegí por ningún motivo personal. No le deseo ningún mal, de verdad. Simplemente me pareció que era alguien que amaba la vida lo suficiente como para estar dispuesto a hacer cualquier cosa por no perderla. Ojalá que tenga suerte, que sea capaz de cumplir con esta abominación y pueda olvidar todo como un desventurado sueño. Yo... creo que nunca podré hacerlo. Pero tengo mujer, e hijos. ¿Lo comprende? Me... necesitan.

Julián nunca olvidaría la mirada de inmensa tristeza y fatalidad que le dedicó aquel desconocido. Le vio despedirse levantando levemente la mano, exhalar una bocanada de vapor y girarse para subir por el ya solitario paseo. En el último momento se giró y con una sonrisa heladora en los labios le aventuró:

—Espero sinceramente que nunca jamás tenga que volver a verme... o conocerle a él.

Luego se dio la vuelta y continuó su tétrico caminar. Él le observó con los ojos humedecidos, sin fuerzas para levantarse y huir de aquel sombrío lugar. Su mente se resistía aún a admitir toda aquella disparatada historia, aunque el veneno de la duda ya ennegrecía su corazón. Musitó para sí.

—¡Qué estupidez! ¿Quién podría creer en una patraña así? Ahora mismo voy a devolverle esos papelajos y..

A punto de incorporarse dispuesto a alcanzarle observó como aquel hombre se cruzaba en ese instante con otro distraído viandante que, como él, apresuraba el paso y se protegía del relente. Sin previo aviso, vio cómo le propinaba un brusco empujón arrojándolo por encima de la barandilla, provocando que se precipitara al vacío. Incluso creyó escuchar el sonido del cuerpo destrozándose contra las rocas del rompeolas.

Fue incapaz siquiera de mover un músculo. Se quedó paralizado, atónito, estrujando los papeles que tenía en la mano, mientras le contemplaba marchar sin volver la vista atrás y sin que nadie más aparentara haberse percatado de su desalmada acción.

Bueno, en realidad por un momento le pareció escuchar unos pasos rápidos que se alejaban en dirección contraria, pero no tuvo valor de girarse a mirar. Poco importaba. A efectos prácticos, él era el único testigo de aquel crimen. Pero, claro, él no contaba. También tenía un gato negro con tres patas bailando sobre su tumba.

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Patapalo
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Muy bueno el relato. La idea ya la había leído en un micro que, creo, presentaste en el taller. Con el desarrollo gana, aunque tampoco tanto. Como siempre, aterradora la naturaleza humana. Casi se echa en falta uno de tus finales positivistas. Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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