Voces en la oscuridad

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Un relato de Maundevar

 

Vivos pigmentos de una fluidez seductora y elegante acompañaban los lentos movimientos del doctor Griggs. Las voces de los agentes resonaban en un eco incomprensible; se podían diferenciar por el peculiar olor que transportaban. El perfume de los vocablos de la bella fotógrafa, que inmortalizaba con deslumbrantes instantáneas su figura sedente, contrastaba con la pestilencia ruidosa y estridente del viejo psiquiatra. Aquel matasanos de tez pálida, observaba afligido el orificio viscoso que albergó la mirada de un hombre condenado.

Peter West era una persona corriente que trabajaba como vendedor en una pequeña tienda de electrodomésticos de Florence Street en San Francisco. Mujer, dos hijos y un pequeño chalet en el extrarradio conformaban sus logros más estimados. Era una vida vulgar, pero constituía una simpleza que colmaba los deseos de West.

Todo se torció durante una lluviosa mañana de otoño. Su esposa había marchado a Sacramento a una convención del servicio estatal de bibliotecas donde trabajaba como directora, así que Peter tuvo que madrugar para llevar a sus dos hijos a la escuela. Aquella noche durmió molesto y alterado, revolviéndose incómodo en su lecho. Una incesante migraña le torturó, dilatando la llegada del amanecer, la salida de un sol que, perezoso y oculto tras el horizonte, decidió retrasar la venida del nuevo día. La entrada de una leve claridad por la ventana le animó a levantarse y, tras preparar unos sándwiches para sus hijos, los condujo al coche saliendo a la carretera principal. Aquella pista de asfalto, tapizada por las hojas caídas durante la noche, formaba un bello lienzo otoñal de ocre y tostado, pero aquella llamativa estampa no logró sosegar la mente de Peter. Tras unos pocos metros circulando, un repentino pinchazo, un dolor agudo y lacerante, se extendió desde su ojo derecho saturando sus sentidos hasta hacerlo caer en la inconsciencia.

Cuánto habría sacrificado para no despertar en aquel hospital, para sustituir su alma por la de sus dos hijos muertos. El desmayo hizo cambiar al coche de carril, pero aquel accidente que deshilachó su vida podría haberse disuelto en sus recuerdos con el transcurrir del tiempo. Por el contrario, despertó con aquel estigma, una maldición que significó un punto de inflexión en su rutinaria existencia. Los médicos lo clasificaron como la secuela de un escotoma ocular. Nombraban con ese término a una ceguera parcial, un punto difuso de oscuridad en su visión. Una zona muerta en su retina que había dejado de transmitir información a su cerebro.

Pero al cabo de unos meses, y tras enterrar a sus hijos, aquella dolencia que se contenía con un colirio y un control médico rutinario, se transformó en una visión aterradora. Algo se movía en aquella minúscula oscuridad, algo palpitaba en las tinieblas de aquella noche perpetua. Algo maligno y aterrador.

Su conducta fue alterándose con el paso de los días. Su esposa ya no soportó más aquella situación y le abandonó, por lo que tuvo que trasladarse a un sucio apartamento de alquiler de Haight-Ashbury. Su oftalmólogo, al escuchar las extrañas figuras que Peter decía observar en la zona oscura de su escotoma, decidió trasladar su historial al doctor William Griggs. Un psiquiatra, le dijeron, un experto que le ayudaría en su recuperación. Un loquero, criticó West. Él no era ningún lunático. Aquellas visiones se tornaban más fuertes al cerrar los ojos, y las pesadillas nocturnas pasaron de ser una desafortunada eventualidad a convertirse en costumbre de alcoba. Ante aquella desazón, Griggs le recetó Clorpromazina, un medicamento impronunciable que, para asombro de William, mitigaba las quimeras de su paciente durante el día, pero las acentuaba al anochecer.

Aquellas visiones reflejaban una realidad invisible para el resto de los mortales. Tan solo él podía captar lo que subyacía en el mismo espacio por el que paseaban plácidamente el resto de habitantes de San Francisco. El Averno, oculto en todo rincón oscuro, en conductos y alcantarillas, en las estrechas callejuelas, acechaba a Peter con extraños esbirros, engendros infernales que circulaban de soslayo sin que Peter pudiera alcanzar a vislumbrarlos claramente. Los escuchaba reír, mofarse de su víctima disfrutando del festín inminente de su mente descompuesta.

Estaba claro que las drogas neurolépticas del santero de Griggs únicamente adormecían su mente ocultando una realidad a la que debía enfrentarse. Era preciso que aumentase esa visión, esa capacidad con la que Lucifer le condenó, para averiguar el sentido de aquella pesadilla. Y la solución la localizó en un bajo de Clayton Street, en el supermercado psicodélico del movimiento hippie de San Francisco.

Al llegar al cochambroso portal de su apartamento, buscó nervioso las llaves sin acertar con la cerradura. Subió las escaleras con el corazón acelerado y el cuerpo helado por un sudor frío que cubría todo su cuerpo. Aquella mañana renunció al fármaco que el doctor le recetó, y un floreciente estado de abstinencia emergía ya en la desorganizada psique de West.

Entró en el piso. Un fuerte olor a alubias revenidas saturó su olfato. Fue hasta el dormitorio cerrando las persianas hasta quedar rodeado de una total oscuridad. Abrió el envoltorio de papel que el camello melenudo le había vendido, y puso la diminuta pastilla de LSD bajo su lengua, cerrando los ojos mientras musitaba unas plegarias.

A las pocas horas la mancha oscura de su ojo derecho desapareció, sustituyendo las tinieblas de la habitación por un rojo carmesí proveniente de una ameba colorida que, surgida desde los bajos de la cama, giraba ahora en círculos con fulgurante brillo encarnado.

De repente, un jadeo, un resuello grave y cavernoso, penetró en el dormitorio desde el salón principal. Los pasos de la criatura que se aproximaba retumbaban en el suelo haciendo vibrar toda la estancia. Una zarpa monstruosa y deforme asomó por el marco de la puerta, clavando sus garras negruzcas sobre el yeso. La pared se quebró ante la presión de aquellos afilados espolones, dejando espacio para que un torso jorobado y pustuloso penetrara al interior de la estancia. Peter temblaba en la esquina de la habitación observando el dantesco espectáculo. La cabeza de la criatura, seca y huesuda, de ojos saltones y mirada enloquecida, se dirigió hacia él satisfecha. Con su morro, alargado y retorcido, semejante al de una hiena, olisqueó su aliento, satisfecho al captar el miedo y pavor de su víctima. Los dientes, afilados como cuchillos, asomaban de una boca abierta y babeante que anhelaba el sabor de la carne humana.

—Peter —rujió el infecto animal—. ¡Ábreme tu mundo!

West, que miraba enloquecido al monstruo que se acercaba con sus fauces abiertas, comprendió de repente el papel que interpretaba en aquella ceremonia. Él era la puerta, él era el acceso. Su visión de los dos mundos posibilitaba su conexión. Ahora estaba todo mucho más claro, y aún más nítidos quedaron para él los pasos que debía seguir.

La criatura dedujo sus intenciones, y chilló en un estruendo ensordecedor que reventó los tímpanos de Peter. Pero el dolor fue mitigado por el retorno de la oscuridad y sosiego del dormitorio de aquel piso cochambroso de San Francisco.

Ahí quedó de cuclillas, inmóvil, susurrando una extraña plegaria hermética con un cuchillo ensangrentado en sus manos. Quedó ensimismado en un bucle mental hasta que el casero, alarmado por los gritos procedentes del apartamento, decidió llamar a la policía.

Allí estaba Peter West: un hombre de clase media; un hombre corriente; vulgar dependiente de Tommy’s Sellers; un hombre que ahora recibía calmado, casi con postura ascética, las caricias del doctor Griggs mientras un enfermero cubría la cuenca de un ojo arrancado a cuchilladas, y unos oídos cercenados con sus propias manos.

—¿Señor Griggs? —consultó Peter mientras le llevaban por las escaleras hacia la calle.

El doctor apretó la mano de West como un gesto de atención.

—¿Ha visto alguna vez el infierno? —musitó con una sonrisa desencajada.

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Patapalo
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Puntos: 197120

Un relato entretenido, pero quizás excesivamente breve. No me ha resultado muy novedoso. Sí que me ha gustado cómo está ejecutado y, sobre todo, los apuntes del trasfondo, que hacen que gane mucha solidez. Creo que un poco más de desarrollo le hubiera venido bien.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Maundevar
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Patapalo... Tus comentarios se agradecen siempre.

La verdad es que llevo un tiempo sin terminar ningún relato de los que tengo jugando al tiovivo en mi cerebro, y decidí un día explayarme con una pequeña escena, de la que salió esto.

Quería dar una visión de un monstruo psicológico en plan lovecraftiano, pero sin llegar a una historia muy formal.

A ver si logro terminar un relato que estoy elaborando para el certamen de la UPV sobre ciencia (concretamente sobre los números, la aritmética y el origen de éstos), que quería que llegara a las 70-80 páginas aprox... En caso de que no salga elegido, me gustaría irlo publicando aquí por entregas, que me encantan vuestros comentarios.

¡Gracias de nuevo por tu tiempo y nos escribimos!

 

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L. G. Morgan
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A mi me parece bien de extensión. Me ha gustado, sobre todo la idea de que un desorden orgánico pudiera llegar a producir efectos tan extraños, la tara como "don" que te abre posibilidades imposibles. También me ha gustado el uso de las sinestesias que haces al principio, muy gráficas, y los apuntes que lo ambientan en USA. Y te veo empollado en psiquiatría y fármacos de todo tipo XD

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Maundevar
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Zabbai. Gracias por el comentario.

No te he contestado antes, porque andaba liado con un relato que he mandado para el certamen de Alberto Magno (y 21000 palabras son muchas para mi)...

Tengo que hacer un repaso a ver si has mandado algún relatillo para echarle un ojo, que hace bastantes días que no me daba una vuelta por el almacén de relatos.

Saludetes!

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Darkus
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Poblador desde: 01/08/2009
Puntos: 759

En general, me ha gustado (el hecho de que una enfermedad pueda provocar todo eso, me ha molado bastante), en concreto, me ha quedado un regusto agridulce.

Precisamente, por la extensión. Creo que se podría habar aprovechado más lo que se cuenta, crear más tensión, incluso más encuentros con la criatura final... todo desde mi modesta opinión, claro.

El relato contiene geniales ideas, que podrían haberse extendido más, en resumen. ¡Y muy cuidados los detalles farmacologicos!

"Si no sangras, no hay gloria"

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Maundevar
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Poblador desde: 12/12/2010
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La verdad es que un día de éstos, me tengo que poner a escribir sin pensar en un concurso con sus limitaciones de tiempo y contenido. Gracias Darkus, las opiniones venidas de alguien que gusta de la escritura son siempre agradecidas.

 

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