La Gran Máquina

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Un relato de Maundevar

 

¿Un reloj de fichar? No. Jamás le sería concedida tal regalía. En un taller como aquel existían máquinas que no debían parar. Eran fuente de calor, trasladaban la materia prima a los puestos oportunos y ventilaban los gigantescos hangares, renovando el oxígeno de aquellos espacios tiznados por el hollín. Él era el responsable de todo aquel trajín, el encargado de su flujo y constante actividad. Desde que la Gran Máquina se puso en marcha, se le atribuyó la ardua tarea de vigilar el movimiento de sus engranajes, el vaivén de los cigüeñales. La potencia debía transmitirse hasta el último recoveco de la factoría.

Se colaba con notable destreza entre las titánicas manguetas de unión. Eran muchos años de experiencia entre las vísceras de aquel gigante de metal. El conjunto vibraba con redoble gutural, en un armónico vaivén de multitud de mecanismos.

Sus pulmones estaban endurecidos por el ardiente vapor de las calderas en ebullición. Su vista desconocía otra luz que no procediera de los focos de la Gran Máquina. Sus huesos se dolían por la humedad constante que rezumaba de los pistones. Pero no debía descansar, ya que la fábrica dependía de la fuerza de aquel coloso.

Una terrible responsabilidad que al principio estuvo compensada con la satisfacción de vislumbrar sus consecuencias: la factoría se expandió sin límites y el milagro creció al son de las palpitaciones de las enormes válvulas de descarga, de aquel prodigio de la ingeniería. Durante aquellos años disfrutó de su laboriosa actividad.

Pero el tiempo discurrió, agotando los frutos de la prosperidad. Los útiles fueron invadidos por la herrumbre, el polvo cubrió los escritorios de las oficinas y los anticuados procesos de fabricación no lograron adaptarse a las nuevas demandas del exterior. A la deprimente visión de un futuro incierto se sumó la inmutable necesidad de la Gran Máquina… Debía seguir funcionando.

No importaba que en numerosas ocasiones las correas de transmisión patinaran y el flujo de energía originado se perdiera por la parada de la producción. La Máquina no debía dejar de bombear.

Estaba nervioso. Nunca se había alejado tanto de la protección de aquella amalgama de tuberías y cigüeñales. Cuestionárselo se erigía desde su misma concepción en una afrenta a sus principios, pero carecía de alternativa. Aclaró sus anteojos examinando de nuevo el nivel de refrigerante. La escala reveló con claridad la falta de líquido. No tenía otra opción; debía abandonar su puesto y buscar en el almacén una nueva garrafa. Nadie atendía ya la logística interna de la factoría.

Marchó temeroso hacia los lúgubres pasillos que se intuían en la oscuridad. Antes de abandonar el hangar, dirigió un último vistazo a la Gran Máquina. Flotaba entre tinieblas, protegida por la luz que emitían sus propias entrañas. Era ya la única vida que persistía, y él el único espíritu que cuidaba de ella.

Paseó por las interminables estanterías del almacén, guiado por la tenue luz de su linterna. Era un asombroso laberinto de baldas y dispensarios. Cuidó en memorizar el camino trazado, evitando desorientarse entre aquellas cuadrículas metalizadas. Baúles contrachapados, cajones plastificados, todos tapizados por la arena del tiempo, la gris polvareda del abandono, se repetían sobre las chapas lagrimadas de las inacabables estanterías. Pero al fin, en mitad de aquella maraña de arcones, localizó un paquete con dos botellas de refrigerante.

La satisfacción que iluminaría su esencia ante aquel éxito quedó oculta por la gris fachada de su fría expresión. Debía volver a toda prisa; realizar multitud de revisiones ante las posibles alteraciones que su ausencia hubiera provocado. El delicado equilibrio de las cámaras de combustión; los incontrolables cambios de presión de las calderas. El viejo operario ya planeaba la ingente tarea de inspección.

Agarró ambas garrafas y corrió con la linterna en la boca. Sus rodillas crujieron airadas por aquel inusual ajetreo. Debía regresar, atender a los manómetros, registrar las variaciones de temperatura. ¿Cuántos desmanes debería solventar? ¿Qué desdicha tendría que reparar?

Su imaginación proyectaba multitud de holguras, desajustes y filtraciones. El miedo y la duda colmaron sus pensamientos. Cometió un terrible error. Jamás debió abandonar la Gran Máquina. Fue un disparate, una falta gravísima. Tendría que haber esperado. Él era el responsable, el encargado de su mantenimiento. Sentenció a la factoría. La descubrió a un riesgo terrible. Cruzó los pasillos como fugaz centella. El temor retorcía sus entrañas con un dolor punzante.

Alcanzó el portón de acceso al hangar abriéndose paso con un golpe seco. El recelo de su mente se aplacó con la visión de su silueta: Palpitaciones acompasadas en las bombas; armonía en las oscilaciones; la visión global de la Gran Máquina calmó sus temores. Se quedó parado durante unos instantes recuperando la compostura. Sus vahídos quedaban ocultos por el estruendo de la nave.

Se dispuso a caminar de nuevo cuando sus piernas flojearon en un repentino temblor de su musculatura. Trastabilló y cayó al suelo. Una de las garrafas se precipitó contra el pavimento y él, en un ademán instintivo, lanzó su brazo para evitar el impacto. El vidrio reventó por la colisión y varios fragmentos se le clavaron en las manos.

Allí se quedó; inmóvil y pasmado. La sangre brotaba de los vidrios incrustados sin que el viejo operario reaccionara al dolor de sus heridas. Oteó con desgana las tinieblas del hangar: el ladrillo visto de las paredes mostraba grietas en su estructura; las vigas arqueadas, que se alzaban majestuosas entre las sombras, se quejaban doloridas por la plasticidad del esfuerzo que descargaban sobre los cimientos de la nave. No quedaba vida dentro de sus muros. Toda esperanza se escapó; toda luz se extinguió. ¿De qué valía aquel esfuerzo? ¿Para qué servía preservar el movimiento? Dos litros más de refrigerante, ¿cuánto tiempo duraría? Un intervalo que nadie agradecería, que nadie aprovecharía. Había cerrado su mente a aquel claro epitafio. Había rogado durante años por una vida que no volvería.

Y no regresará jamás… —sentenció en un susurro.

Se quedó de cuclillas, abatido y sin esperanzas. Sombras sinuosas se colaron en su interior, cubriendo todos los resquicios de su cuerpo; el fulgor de su optimismo quedó cercenado por la cercanía de la Muerte. No se sorprendió; tampoco se alteró. Conocía su existencia. Era un rumor que algunos tildaron de fábula. Un ser oculto siempre entre las sombras, aguardando el ansiado fin del palpitar de la Máquina. Un espectro, una visión de ultratumba que en aquel instante bailaba azaroso alrededor suyo. El filo de su guadaña centelleaba en la oscuridad del hangar. Con su tétrica danza fue acercándose hasta mirarle fijamente a la cara. Podía sentir su respiración ahogada y su aliento infecto y húmedo. De sus cuencas oculares, oscuras como pozos de Airón, intuyó dos tenues puntos de luz de tintos matices. Eran como dos diminutas pupilas que oteaban con fijeza las facciones de su rostro; clavos que atravesaban su carne vislumbrando el festín etéreo que contenía aquella carcasa terrenal. Aquel ser de ultratumba abrió sus fauces en un crujir de huesos, surgiendo de su quijada el eco de un rumor mortecino.

—Ábreme tu morada... —susurró—. Deja que rompa tus grilletes y ven a mí.

—Yo...

De repente un murmullo rebotó por los viejos muros de la nave. Acalló el retumbar de la Gran Máquina y estremeció el cuerpo del monstruo.

—¡No! —chilló la Muerte al aire, agarrando del cuello al operario—. Abandona tu carcasa, deja que la herrumbre sentencie esta reliquia —señaló a la máquina—, y ven a mí.

El eco del hangar se tornó más claro hasta captarse la dulce voz de un niño.

—¡Hola, Abuelo! —retumbó la nave—. Mamá me ha dicho que te regale esto.

La voz de aquel crío penetró su dura coraza renovando el brillo de su mirada. La Muerte se levantó olisqueando el aire en busca del origen del sonido.

—Gracias, hijo —respondió una voz que tronó haciendo vibrar los pilares del hangar. Surgía de todas direcciones, sin un origen claro—. Dale un abrazo a este viejo cascarrabias.

La Muerte atisbó cómo los labios del anciano bracero se movían al son de aquella mágica locución.

Desde las lucernas de la cubierta de la nave, antes oscuras y tenebrosas, empezó a penetrar una intensa luz. La Muerte, acobardada y temerosa, fue apartándose aullando al ser que creyó víctima.

La voz de aquel crío animó al operario. Sus heridas se cerraron agarrando la única botella de refrigerante que quedaba intacta. Debía luchar hasta el final; y existía un motivo, una clara razón: disfrutar de la vitalidad de su nieto, de su tierna mirada. Y tanto el corazón como el alma, tanto la Gran Máquina como él mismo, se alimentarían de aquel cariño fiel y sincero, hasta el colofón de su existencia.

El viejo operario se aproximó a la enorme estructura. Sonrió al ver bailar los cilindros con fineza renovada. Acarició la herrumbre del armazón, despreocupado por la poca vida que les restaba. La Máquina se apagaría y él volaría más allá de las claraboyas de la fábrica. Ya no le preocupaba. Disfrutaba de las imágenes que la realidad le imbuía: la habitación del hospital; sus hijos; su nieto; todos junto a él. Su corazón, su Gran Máquina, luchaba por seguir palpitando, pero el cariño y afecto de sus seres queridos, alimentarían para siempre al viejo operario, al espíritu esperanzado de su interior.

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Patapalo
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Puntos: 196415

Muy buen relato. Me ha gustado más el escenario, que me ha parecido formidable, que la ejecución, que la veo correcta, pero menos pulida. Al principio, la mera imagen de la "fábrica" me tenía encandilado. Me recordó a los tiempos en los que trabajamos en la creación de Mundofábrica. Luego, a medida que la historia avanza, me he sentido más y más encandilado, y el cierre me ha parecido sobresaliente.

Muy buen trabajo. Me ha parecido una apuesta muy imaginativa y sugerente.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Telcar
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Puntos: 340

Emotiva historia en una ambientación soberbia. Me ha gustado mucho, me he imaginado nítidamente el cuerpo y el espíritu de la Gran Máquina. También muy bien recreada la soledad del encargado.

Por poner una pega, el giro final quizá no sea del estilo que a mí más me agrada. Personalmente, no me interesan tanto los retazos tiernos en medio de historias opresivas.

Pero a pesar de todo me ha encantado el desarrollo. 

 

"Nunca tantos, debieron tanto absolutamente a nadie"

Ser Huinston Chungchil

 

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Maundevar
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Gracias a los dos por vuestros comentarios. Reconozco que me encanta este sitio. Es como un enorme taller de escritura donde exhibir los escritos que de otra manera quedarían olvidados en el ordenador.

La verdad era que este relato era para el certamen Dr Zarco de un Hospital de Madrid, y mi hermano me retó a hacer un cuento que terminara bien... Parece una apuesta un pelín absurda, pero resulta que todo lo que he escrito hasta ahora, o terminaba mal o tenía un final neutro.

Anda que no tuve que estrujar mi pobre y maligno cerebro para sacar algo con final benévolo...

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