Tachín

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Un relato de infancia de Kaplan

 

Durante mis primeros siete años de EGB tuve de compañero a D.. Bajito y achaparrado, D. tenía el pelo rubio y apagado, viejo, los ojos pequeños y juntos, rodeados de pecas y perdidos en una cabeza en la que casi toda su extensión era ocupada por un mentón desproporcionado. Pienso en él ahora y me viene a la cabeza la imagen de un boletus edulis. D. sería el de la derecha:


 

Busco entre mi perfil de Facebook una copia escaneada en baja resolución de la foto de mi clase de primero de EGB. Aparecemos los cuarenta chavales dispuestos en tres filas. La gran mayoría seguía manteniendo esa expresión algo vacía —los ojos muy abiertos, la boca entreabierta— de los niños que apenas han dejado de ser bebés y algunos adoptamos cierta seriedad responsable, pero es D. el único que destaca sobre el resto. En la esquina inferior derecha, sentado, mantiene la cara muy alta y los brazos cruzados con excesiva teatralidad. Hay tanta rectitud en su pose que no puede dejar de verse lo quebradizo que era ya entonces su espíritu.

Desde siempre, D. quiso ser el gracioso de clase. Nunca lo consiguió, ya que carecía por completo de maldad. Su verdadero ser quedaba al descubierto cuando se reía: D. se plegaba entonces sobre sí mismo y su cara se colapsaba hasta convertirse en una arruga roja, arrebatada y temblorosa, auténtico incentro de la indefensión, la ingenuidad y la estupidez.

 

D. era un chico impulsivo, poco dado a la calma intelectual. Durante una larga excursión por la ruta de la Boca del Asno, junto a La Granja de San Ildefonso, me había parado en una charca medio seca para coger unos cuantos renacuajos con mi cantimplora.

Cuando llegué al merendero donde nos habían instalado los profesores, dejé todas mis cosas en una mesa y me fui con mis amigos. D. llegó más tarde que yo, exhausto, gritando lo sediento que estaba. Se fijó en mi cantimplora, solitaria, verde y peluda, y, sin preguntar de quién era, la cogió y comenzó a beber de ella. Para cuando quise darme cuenta, D. se había tragado todos mis renacuajos y el agua salpicada de arena.

Años después, D. estuvo toda una mañana proclamando que había traído unos preservativos al colegio. Tanto habló de ello que, al fin, un profesor se enteró y le pidió que saliera a la pizarra con su mochila y la vaciara delante de todos. D., que llegó al encerado sin poder aguantarse sus carcajadas, empezó a sacar los libros con parsimonia. Poco a poco, como si empezara a comprender lo embarazoso de la situación, enrojeció aún más de lo normal y lloró en un silencio solo roto por los mocos sorbidos, con una serenidad que me pareció extrañamente adulta. Vació la mochila por completo y reconoció que no había traído ningún preservativo, que solo lo había dicho para hacerse el chulo delante de nosotros.

 

D. y su familia vivían muy cerca de mi casa, por lo que era habitual que mis padres y yo nos encontráramos con ellos en la cafetería o haciendo la compra. El padre de D. era un antiguo alumno de nuestro colegio. Según nos contaban los profesores, había sido un chaval brillante. Nadie lo hubiese dicho al verle entonces: desinflado, agotado, con un permanente gesto de amargura y alcoholismo. Mis amigos comentaban una y otra vez lo de aquella vez que, volviendo del colegio, vieron cómo el padre de D. salía de un local de alterne cercano a la plaza de Cuzco. No recuerdo que me dirigiera la palabra una sola vez, pero jamás olvidaré aquella mirada de ave herida.

La madre de D., en cambio, era muy locuaz. Igual de rechoncha que su hijo y su marido, tenía una melena teñida de rubia, soportada por un sólido andamiaje de laca y coronada por unas gafas de sol que nunca utilizaba. Iba siempre demasiado perfumada, demasiado maquillada, demasiado marrón. Parecía sacada de una comedia del destape y el mito que circulaba por clase, infundado pero nada descabellado, era que su marido la había retirado de alguno de esos prostíbulos que nunca había dejado de frecuentar.

La familia de D. se completaba con su hermano pequeño. De lejos, parecía un amorcillo sin alas, pero, cuando te acercabas a él, descubrías una realidad muy diferente.

No cupido, sino sátiro, el hermano de D. tenía una mirada y una sonrisa que traslucían lo retorcido de su pequeña persona. Toda la maldad que se había negado a D. al nacer había quedado reservada para su hermano. Violento y malhablado, aquel crío con rizos de Harpo Marx dominaba al resto de su familia entre insultos y empentones, como si fuera una versión tragicómica del ya de por sí tragicómico Joe Pesci.

 

Como no podía ser de otra forma, los padres de D. acabaron separándose. Ella había encontrado un hombre parecido al padre de D., pero mucho más joven y sano. Como reacción, D. abandonó su obsesión por ser el protagonista de cada anécdota escolar y empezó a engordar y a mostrarse mucho más manso, como un nativo americano recluido en su reserva. El último año que estuvo con nosotros se apuntó conmigo y otros compañeros al campamento de verano que se hacía entre varios colegios de todo el país. En el viaje de ida nos sentamos juntos. Cuando apenas había arrancado el autobús me hizo una extraña petición. «En este campamento muy poca gente me conocerá. Me gustaría tener un apodo, como el que tienes tú, será gracioso. Quiero que me llaméis “Tachín”», me dijo. «¿“Tachín”?», pregunté, «¿por qué “Tachín”?». «No sé, suena a alguien divertido», contestó él. Cuando llegamos al campamento, me reencontré con conocidos de otros años y les presenté a D. «Mirad, este es Tachín». Todos nos miraban extrañados. «¿Pero cómo te llamas de verdad?», preguntaban. D., sin presentar demasiada resistencia, acababa confesando. «Me llamo D.». Nadie le llamó Tachín. Yo tampoco.

Aquel año, entre actividad y actividad, nos sentábamos bajo las encinas a hacer concursos de aguantarnos las miradas; el primero que se riera, perdía. Una noche, cuando quedaba poco para acabar el campamento, D. quiso jugar conmigo a aguantarme la mirada. Como ocurrió años atrás delante de toda la clase, D. empezó riéndose, fanfarroneando, pero al cabo de un rato sus ojos empezaron a humedecerse y terminó yéndose a otro lado sin mediar palabra. Ya entonces imaginé que poco había tenido que ver mi mirada en su reacción.

 

Al acabar aquel campamento, su madre se mudó con su novio a un pueblo de la sierra y se llevó a D. y su hermano con ella. Pocos años después, su padre moriría agotado de alcohol e infelicidad. La tarde que volvimos a Madrid, nada más bajar del autobús, me abrazó con sorprendente efusividad, deseando que en ese momento fuésemos mucho más amigos de lo que jamás habíamos sido. Como queriendo cumplir un trámite propio de la madurez, nos mentimos en la promesa de que haríamos por vernos. No volví a saber de él nunca más.

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Patapalo
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Demonios, Kaplan, qué intenso. Me he reído, me he angustiado, me ha dejado tristón... Un magnífico retrato costumbrista y con chispa, muy bien guiado, muy bien escrito, implacable. Me ha encantado. Bravo.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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