La ciudad subterránea

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Un relato de Patapalo sobre las laberínticas estructuras olvidadas bajo Madrid.

 

¿Has leído la novela La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere? Esa fue la obra, por ridículo que resulte decirlo, que me puso sobre la pista del submundo madrileño. No hablo de zonas marginales, o de antros, o de ninguna de esas cosas mundanas, sino de una auténtica ciudad oculta, de una urbe bajo la urbe. El palacio de las ratas, la catedral de las sombras, la mansión de los huesos, la ciudadela laberíntica horadada en las tripas de Madrid. La ciudad subterránea, sí, jijiji, ¿Quién iba a decirlo?

Bueno, en realidad era algo que sospechaba ya desde hacía algún tiempo. En las novelas de Sherlock Holmes, y en otros textos decimonónicos, encontramos referencias al inframundo londinense. ¿Por qué no iba a haber uno en nuestra capital? Después de todo, la construcción de las ciudades no es patrimonio británico, y en el continente contamos con algunas bastante más viejas que la City.

En realidad, es algo científico, y el punto de partida, algo obvio: cómo se erigen las ciudades. Sí, cómo. Pues poco a poco, gradualmente, y reaprovechando lo que existe de antes. Así, nos podemos remontar hasta los primeros enclaves prehistóricos, cazadores, recolectores y otros fulanos vestidos con pieles con pretensiones de civilización. Sobre sus aldeas se construyeron lugares más complejos, más confortables, y, como es natural, no se quemaron al raso los cimientos que dejaron. De este modo, en la Antigüedad, la primeras construcciones sólidas se levantaron en sitios ya conocidos, privilegiados por su posición defensiva o su cercanía a un curso de agua (como el Manzanares).

Claro está que de la Prehistoria queda poca cosa —algunos huesos pulverizados y algunas trazas de sillares—, pero de la Antigüedad ya encontramos más elementos, y sobre estos, los medievales, y sobre los medievales, los renacentistas, y así, poco a poco, el hombre se ha ido apoyando, levantando —nunca mejor dicho— sobre lo precedente lo nuevo. Y en ese levantar está la clave, porque Madrid, al contrario que Venecia, no se va hundiendo en el légamo —al menos, no habitualmente—; porque al erigir nuestra capital no se fueron derruyendo los cimientos previos. Por eso, en nuestro palacio de las ratas, en nuestra catedral de las sombras, en la mansión de los huesos horadada en las tripas de Madrid, se sitúa también la guarida de la bestia. Te lo aseguro, y no tendría sentido que te mintiera, ¿verdad? Jajaja-cag-cogcojcoj...

Rayos, mucho polvo para estos pulmones... ¿Dónde estábamos? Ah, sí, cocodrilos. Has oído la leyenda urbana, pondría la mano en el fuego: cocodrilos que se echan por la cubeta del váter, o directamente al Manzanares, cuando todavía son pequeños, y que luego crecen en la alcantarillas, ciegos, albinos y con muy mala leche. Eso es una tontería: esto no es Londres. Por la capital del Imperio Británico rondaban toda clase de bestezuelas para mayor gloria de la Reina Victoria desde el siglo XIX, y, por supuesto, los cocodrilos iban incluidos en el lote —no me preguntes si caimanes o aligátores, que yo de estas cosas no entiendo—. Pero por Madrid no han pasado tantos anfibios de tallas colosales y con excesivas hileras de colmillos... Lo que no quita que tengamos nuestra bestia, el monarca en la sombra en este laberinto ibérico. Eso sí, mucho más castiza.

Cómo abordarlo... Bueno, supongo que por el principio. Veamos, para bajar a la ciudad subterránea hay que descender, como podría haberse imaginado cualquier hijo de vecino. Eso sí, no por el metro o por el alcantarillado moderno: eso es intentar avanzar por un callejón sin salida. La mayor parte de las conexiones con lo que llamaríamos niveles inferiores han sido cegadas, condenadas a base de cemento y hormigón armado. No me atrevería a decir que todas, pero sí la mayor parte. Para la administración es más sencillo dormir por las noches si no hay demasiados cabos sueltos rondando, y una abertura a túneles antiguos es fuente de problemas: plagas de ratas, historiadores aburridos, adolescentes imprudentes... Te haces una idea, ¿no?

La alternativa: los túneles y refugios de la Guerra Civil. Madrid resistió no solo con valentía, sino además mucho tiempo, y cuando vuelan los obuses hay que jugar a topo. Todavía es relativamente sencillo encontrar accesos a puntos "seguros", a refugios antibombas, y desde estos, en muchas ocasiones, se puede seguir la espiral descendente, al menos unos cuantos metros. Por desgracia, no los suficientes. Ya no sabría decir si por la casualidad —esas explosiones que cegaron muchos pasajes— o por el celo de los vecinos afectados por esas bocas de lobo que sirven de entrada a inquietantes corrientes subterráneas, pero el caso es que de los treinta y dos refugios que exploré, ninguno me permitió sumergirme hasta las profundidades que iba buscando.

Así que volví mi atención a algo más viejo, a algo mucho más viejo —para qué hacer las cosas a medias— y si hay algo viejo en este viejo país, eso es la Iglesia. Hala, hasta los tiempos de los godos. Desde luego, cuando te da por la historia —aunque sea por la arqueología peregrina amateur, como la de un servidor— tarde o temprano te pasa como a Sancho: que topas con los de las sotanas, o con sus dominios; lo cual, lejos de ser malo, es esperanzador, porque vas por buena pista.

A ver, me dije, qué va realmente profundo desde hace tiempo y sin nadie que le meta mano. Y como lo mío son las historias de terror, a poder ser bien góticas, pensé en esos osarios que nos desentierran los de Infernalia. Y, demonios, criptas no faltan el Madrid, por fortuna.

No diré por cuál inicie mi descenso por dos motivos. El primero, por discreción, porque si ya está mal colarse por las tumbas de unos pobres monjes, peor está dejar en evidencia al hermano custodio que, con su buena fe, ha permitido —involuntariamente, que conste en acta— la incursión. La segunda es que, si alguien encuentra esta grabadora, no va a hacer falta que le diga por dónde vine, jajaja-caj-cog-coj-coj.

Jeje, en fin, como dirían en las películas, "si estás oyendo esto, es que me has encontrado", así que, creo yo, a estas alturas bien mereces que pase de preámbulos y te cuente lo que hay al otro lado de este pasadizo que se me ha derrumbado encima de las piernas. Ya sabes, el palacio de las ratas, la catedral de las sombras, la mansión de los huesos, la ciudadela laberíntica horadada en las tripas de Madrid...

Más que nada, para que os toméis la molestia de desescombrar este desastre y, tras las consiguientes exclamaciones de júbilo, sorpresa y admiración, os toméis también el trabajo de poner una cara al esqueleto que sostiene la grabadora —no confío en que nos encontremos antes— y luego la susodicha cara en una enciclopedia, ¡o en la Wikipedia al menos, demonios! Creo que es la cortesía mínima entre colegas de profesión —si es que se le puede llamar profesión a estas tonterías que hacemos, rondando por aquí a doce metros bajo el metro...

Bueno, centrémonos que no estoy muy seguro de haber cambiado la batería antes de salir de casa ¿esta mañana? Rayos, parece que haya pasado una eternidad. Claro, como aquí está todo oscuro. Pero no te creeeeaaaassss,,, nnnnoooo tooooddddoooo eeeesssss -*clic*-

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LCS
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Muchas veces se nos olvida que esa parte de la ciudad también existe. Me ha gustado el relato. Me ha dado unas cuantas ideas que, aunque de momento se queden en el subsconciente, tarde o temprano, seguro que afloran.

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Patapalo
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Muchas gracias, compañero yes

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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