Polvo de huesos

Imagen de Brutal Ball

Ícor VonRack llega a la Ciudadela... lleno de energía

El Inmaterium es de un frío ardiente, de una negrura que hiere los ojos. Por eso, después de nueve años vagando por sus pegajosas incongruencias, a Ícor VonRack no le importó morder el polvo por primera vez en su carrera. Es más, hubiera aceptado encantado tragarse unas cuantas paladas a cambio del extraño privilegio de volver a pisar un terreno estable en términos metafísicos.

Aunque fuera, como aquel, un polvo mohoso, tan añejo que solo podía haberse criado en una cripta.

El veterano punta, con destellos de sombras demoníacas, siluetas espectrales y aberraciones cromáticas todavía restallando en sus pupilas, se puso en pie y se sacudió la suciedad del uniforme con un par de golpes de sus guanteletes de cuero tachonado. En la penumbra casi no se percibían los colores rojo y verde que había portado con tanto orgullo en su último contacto con la realidad convencional, durante la final de la Copa del Caos que había tenido lugar en el incomparable marco del Palacio del Sufrimiento Eterno. Pero, bueno, tampoco es que hubiera nadie en aquella tenebrosa estancia, un particular salón de bóveda baja trufado de columnas hasta donde alcanzaba la vista, que pudiera contemplarlo... Estaba claro que se iba a quedar sin saborear las mieles de la victoria y también, por supuesto, la carne cruda de su último entrenador.

Con un suspiro de resignación, Ícor se llevó las manos a las correas que ajustaban su yelmo dispuesto a disfrutar del modesto —aunque nada desdeñable, después de sus últimas peripecias— placer de una bocanada de aire enrarecido, cuando vislumbró algo que detuvo su gesto.

Se trataba de apenas una pincelada de gris en la negrura de aquel subterráneo olvidado, pero una pincelada más que suficiente para ponerlo alerta. Bajó las manos y dio dos pasos en dirección a la misma; sus piernas, para su alivio, no parecían haber perdido un ápice de la fuerza que lo había convertido en toda una leyenda sobre el terreno de juego. Después de nueve años sumido en el Caos hasta las rodillas, seguían imbuidas de la elegancia de un escorpión bien engrasado.

Dos pasos más y pudo identificar con claridad qué era aquel trazo lívido que se acercaba con movimientos diacrónicos: hue-sos. Más concretamente, un esqueleto cubierto por los harapos de una mortaja a juego con su propietario y el escenario en que se encontraban. Y a juego también con otros dos no-muertos que flanqueaban al primero.

—Bien, bien, veamos de qué trucos sois capaces... —masculló sin poder evitar sonreírse bajo la máscara facial de su yelmo.

El esqueleto que tenía justo enfrente se abalanzó sobre él con los brazos extendidos en un bloqueo tan básico que casi le dio hasta risa. Ícor basculó su peso hacia la izquierda, dejó que el cadáver animado lo rebasara y lo apuñaló con el codo en pleno costillar. El impactó proyectó al despojo contra una columna con tal fuerza que el cráneo se desprendió y rodó un par de metros. Aquel sonido fue como un himno de victoria en los oídos del punta. Poco a poco, notaba cómo por sus músculos y sus venas corría de nuevo el ígneo néctar de la adrenalina, la emoción que lo sacudía en cada partido y lo embriagaba más que el vino de loto negro. Se sintió vivo de nuevo, liberado, listo para la fiesta.

Sonriente, se situó entre los otros dos esqueletos y los sorteó con pericia, todavía tanteándolos, pero cuando vio que siete más se unían al comité de bienvenida se permitió exclamar, exaltado:

—¡Bravo! ¡Ya solo nos falta que venga el viejo Tomolandry en persona!

Fintar, placar, bloquear, empujar, saltar, girar... VonRack se sentía revivir. La pesadilla había terminado. Estuviera donde estuviese, se dijo, estaba de vuelta en casa. Agarró el cráneo de uno de sus adversarios y lo estampó contra el suelo. Luego se alzó con lo que quedaba del hueso en su mano y lanzó un alarido espeluznante que llenó por completo las catacumbas.

Y, de repente, la magia se esfumó convertida en un par de encapuchados con cara de pocos amigos.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Ya es suficiente! —tronó un tipo de tez cerúlea que no tenía mucha más carne en los huesos que los esqueletos que había estado destrozando VonRack—. ¡Deténgase ahora mismo o asuma las consecuencias!

El interpelado se detuvo con los brazos en jarras en un gesto de desafío que dejaba bien claro que no tenía ninguna intención de dar su brazo a torcer, mucho menos de amedrentarse.

—Ya —se burló tras su máscara de hierro—, las consecuen-cias... ¿¡mi sangre y quién sabe si también mis vísceras aún calientes, tal vez!? —se rió todavía presa de la euforia. Después del asfixiante errar por el Inmaterium, se sentía capaz de estran-gular la realidad palpable con sus manos desnudas. Nigromantes a él...

El encapuchado que había hablado se irguió en el sitio con aire ofendido, tieso como el palo de una escoba, y se señaló el pecho con el pulgar.

—No sé qué pretende insinuar, señor mío, pero aquí las cosas se hacen en el más estricto respeto a la legislación vigente: no vamos tomando ni sangre ni vísceras de cualquier manera, como comprenderá...

—En absoluto —terció al mismo tiempo el otro encapuchado, quien lucía la misma tonalidad verdosa en la piel pero que hubiera sido incapaz de erguirse tanto como hacía su correligionario a causa de una abultada joroba—. Nos bastará con que nos dé su nombre. Ya nos someteremos al arbitrio...

—¿¡Arbitrio!? ¿¡Mi nombre!? —los interrumpió fuera de sí de pura rabia y, tras arrojar contra ellos los restos de la calavera en una elegante parábola no exenta de peligro, los increpó agitando el puño enhiesto—: ¡Blasfemos! ¡Doblemente blasfemos! ¿¡No sabéis quién soy!? ¿¡¡Pretendéis mezclarme con árbitros!!? Que Khurna se beba vuestros sesos, malnacidos hijos de orca.

Dicho lo cual, se lanzó a la carga contra ellos sin dejar de gruñir ni lanzar desgarradores alaridos. Los encapuchados apenas tuvieron tiempo de remangarse los faldones de las túnicas y hacerse a un lado entre grititos de ratón. Por suerte para ellos, el intruso se contentó con pasar como una exhalación a su lado y perderse en la oscuridad que reinaba al fondo de la sala. Entre perplejos y compungidos, contemplaron cómo desaparecía de su vista y, al menos por el momento, también de sus vidas. A su lado, los esqueletos que permanecían en pie se tambaleaban como árboles muertos agitados por un vendaval: el sortilegio que los mantenía animados se resquebrajaba sin remedio.

—Explicarle esto al jefe va a ser una movida...

—Ya te digo —secundó el jorobado—. No me gustaría nada estar en tu pellejo.

El primer nigromante se revolvió como si le hubiera picado una araña particularmente grande y ponzoñosa.

—Ah, no, no: el cambio de turno no se había realizado todavía, así que no me jodas. Vamos a ir los dos y vamos a explicarle juntos lo que ha pasado.

—¿Ah, sí? —bufó—. ¿Y cómo vas a obligarme?

Con una sonrisa ladina, apuntaló el tanto:

—Hombre, está claro que esto es un asunto de espionaje. ¿Seguro que no quieres estar presente cuando el jefe se entere de lo que ha pasado con sus nuevos líneas?

El giboso sacudió la cabeza, incapaz de escurrir el bulto o de encontrar un plan mejor.

—Lo único que no entiendo —se resignó a decir— es qué demonios puede haber querido espiar alguien como ese en un sitio como este. ¿Has visto qué juego de cintura, qué potencia en las piernas?

El otro encapuchado silbó.

—Ya te digo. Ojalá se vieran más movimientos así en la arena... Hasta me acostumbraría a los colores de mierda que llevaba en el uniforme.

 

¿Sabías que...

...nadie conoce con exactitud las dimensiones físicas de la Ciudadela?

Aunque numerosos eruditos e incluso comités de investigadores oficiales al servicio del CRIO —Cuerpo de Recaudadores de Impuestos Oficial— han intentado cartografiar la Ciudadela, nunca se ha conseguido realizar siquiera un mapeado aproximado: los numerosos niveles subterráneos superpuestos, las dislocaciones espaciales creadas por hechizos fallidos y la poca colaboración de los propios moradores han convertido esta investigación en una misión imposible. Es por eso que cualquier raza es admitida en los pozos de Brutal Ball ya que es imposible saber a ciencia cierta si es un ciudadano o no ¡y todos los ciudadanos tienen derecho a optar a la gloria!

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Fly
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Trasfondoooooooo!!!!

Es probable emitió su esperma de una forma muy descuidada.

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Patapalo
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Y más que va a llegar no

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

Comixininos

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