El crisol

Imagen de Jack Culebra

Un breve comentario sobre esta impresionante adaptación de la obra de Arthur Miller a la gran pantalla.

 

Hay películas que son, sencillamente, obras de arte. Para mí, El crisol entra en esta denominación por la puerta grande. El único defecto que le podría achacar, si tal podemos considerarlo, es el título: resulta algo críptico para el espectador de a pie pues ¿quién trabaja a día de hoy con crisoles fuera de laboratorios y talleres?

 

Al mismo tiempo, es innegable que es un buen símil de lo que encontraremos en el filme -por mucho que de pequeño ese mismo título me mantuviera alejado de la cinta-. La mezcla de elementos que se va cociendo, alcanzando una temperatura crítica, antes de formar algo de terrible belleza, es dolorosamente real. Quizás doblemente dolorosa, precisamente, al estar inspirado en hecho reales.

 

No cabe duda de que la fascinación folklórica por las brujas de Salem ha perdurado a lo largo del tiempo, pero también es innegable que ese mismo sentimiento de vergüenza y sufrimiento íntimo que descubrimos en la película también ha estado presente en torno a este pueblo maldito desde el mismo día en que empezaron los juicios. No olvidemos, por ejemplo, que un hijo venerado de Salem, el escritor Nathaniel Hawthorne, añadió una uve doble a su apellido para desmarcarse de su antepasado, el eminente juez John Hathorne, por motivos más que obvios.

 

Con esta dicotomía en torno a la ciudad estadounidense, que se sigue viendo reflejada en la cultura popular (series, películas, cómics, etc.), o incluso en los museos habilitados en la misma para los turistas, los autores que deciden abordar un proyecto serio en torno a sus conocidos procesos de brujería se meten, irremediablemente, en un campo minado. Materiales tan connotados, tan escalofriantes y al mismo tiempo tan banalizados, son sin duda una fuente interesante de inspiración, pero también aguas peligrosas.

 

Arthur Miller sortea en su obra todos los escollos ineludibles en una situación así, apoyado por una tripulación de excepción en la adaptación cinematográfica de 1996: Paul Scofield, Daniel Day-Lewis, Joan Allen y Winona Ryder, por nombrar sólo algunos de los pilares de un reparto sencillamente impecable, incluso en los extras, consiguen transmitir toda la humanidad de una historia que, fácilmente, podría escorar hacia la moralina o el mero espectáculo.

 

A mi parecer, el gran secreto a voces de este acierto es la preparación de la narración. Una planificación exhaustiva que permite que todo esté donde tiene que estar y que el ritmo sea tan impecable como estremecedor. La sensación de que nos precipitamos hacia el abismo, acentuada por los repuntes de esperanza que salpican el metraje una y otra vez sólo para dejarnos caer de nuevo, es de las más estremecedoras que haya visto nunca. Un sentimiento que se eclipsa convenientemente, de un modo magistral, cuando al cierre nos domina toda la conmiseración y tristeza -orgullosa tristeza- que puede conmover al ser humano.

 

Hace un tiempo me hice con una versión impresa en castellano del guión -supongo que simplificado- de esta película. En dicho libro venía un prólogo del propio Arthur Miller en el que hablaba de la concepción de la obra, y en él revelaba un detalle sobre el arranque que me ha dado mucho que pensar. Decía que optó por empezar la historia con la desenfrenada fiesta secreta en el bosque -el aquelarre que desencadenaría toda la trama- para así acentuar la sensación de opresiva formalidad puritana del pueblo.

 

Cada vez que vuelvo a ver la película -porque es una película de las que se disfruta varias veces, y descubriendo cosas nuevas en todas las ocasiones- pienso en este detalle y me planteó si, de otra manera, hubiera transmitido lo mismo. Pruebo con otras escenas, y la sensación es la misma: no, no hubiera sido igual. Efectivamente, una película es su imagen, lo bien que actúe el reparto, la banda sonora y mil elementos más, pero hay uno, primordial, que tendemos a olvidar cuando todo fluye con la perfección que lo hace en esta adaptación: el minucioso trabajo de relojero que supone el guión, el fondo de la narración.

 

Me permito recomendar ver esta película como ejemplo de lo que un buen trabajo narrativo puede hacer por el cine. Su perfección hace que, aun conociendo la trama, aun conociendo todo lo que va a suceder a continuación, el espectador siga emocionándose. Ésa es la magia de un buen planteamiento, ésa es la magia del trabajo que no se ve cuando está bien hecho. Ésa es la única brújula que permite no naufragar cuando se aborda una historia tan espinosa como la de los juicios a las brujas de Salem.

 

Imagen de virgensuicida
virgensuicida
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Estoy de acuerdo, es un peliculón imprescindible. Yo también la he visto varias veces, una hace poco, y siempre impresiona. Puede que sea de los mejores trabajos de Winona Ryder, si no el mejor.

La historia toca un montón de palos interesantes: la codicia, la mentira, la presión social, el machismo, el adulterio, la falta de entendimiento, el fanatismo religioso... y todo, como dices, con un ritmo trepidante.

 

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