Aurelio y el sol

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Era de las personas que miraban fijamente el sol. Aurelio, como un girasol, recibía la energía suficiente para sobrevivir de semana en semana. Por ello, le chafó la noticia: se esperaban meses de lluvias, orvallos, granizadas y nevadas. Y lo peor es que ni en las regiones limítrofes se esperaba ni un rayo de sol en cinco meses, cinco largos meses que Aurelio no estaba dispuesto a pasar así.

Se encerró en casa durante los tres días siguientes. Encendía la tele: imágenes del estío, con sus gentes bronceadas, alegres, festivas...

 

Comenzó entonces el dolor agudo. Eran las cuatro y media de la tarde. Afuera, una ventisca ensordecedora, molesta y húmeda parecía presagiar una noche vampiresca. Pero Aurelio no creía en los vampiros. Pensaba que eran figuras literarias tan simples, tan generales, tan irreductibles, tan tópicas… que las aborrecía; y esto lo tenía claro desde que le hablaron de pequeño de los vampiros.

 

Porque ―pensaba Aurelio muy convencido de sus teorías― no hacía falta enmarcar a un ser tan misterioso con la noche, ni con la sangre, ni con la madera, ni con nada. El vampiro se hace. El vampiro surge. El vampiro sucede. ¿Y por qué tenía que aparecer siempre la víctima?: damisela inocente, esperando en la cama, dormida. Siempre lo mismo. Bah. Y apagó la tele.

 

Aquella tarde soñó largamente, pausadamente, hasta que despertó sobresaltado. Solía recodar todos sus sueños. De hecho, tenía un diccionario de interpretación con los símbolos más comunes. Aquella tarde, a las siete y media ―no se lo podía creer: tres horas de siesta continua― ojeó, anotó y memorizó los símbolos de “mujer”, “sol”, “vampiro” y “tormenta”. Pero no lo lograba recordar uno. Sólo sentía palpitaciones al intentar recordar, siquiera ambientarse o regodearse en la idea.

 

Tuvo la sensación de que el mundo se le venía abajo. Hasta ahora, los rayos del astro rey dirigían su vida de una forma mecánica, segura y placentera.

 

Y al sexto mes salió a la calle, que olía a humedad estancada, a cieno y a otras mil cosas que no supo archivar. Miró en derredor: parecía que todo había cambiado, como si en estos cinco meses el mundo hubiera girado tanto, que las gotas de realidad fueran únicamente eso, gotas de agua caída, esencia derramada, esquemas destrozados.

 

Anduvo día tras día por la ciudad ensombrecida. Aurelio no se dio cuenta hasta pasado un mes, que, aunque las lluvias habían remitido, algo mucho más enigmático amedrentaba su persona. Recordó entonces aquellos sueños y aquellas imágenes y símbolos. Pero seguía sin saber el principal: aquel que le atormentaba tanto, que no le dejaba dormir por las noches. Leía cincuenta páginas al día para ver si el significante se erigía por sí solo. Pero no afloraba tan fácilmente.

 

Se estaba quedando sin provisiones: tenía que hacer la compra urgentemente. El estar en soledad le convertía un hombre mohíno, zarrapastroso y sin un orden ni objetivo en la vida. Al entrar en el supermercado, cogió el carrito de la compra introduciendo una moneda de cincuenta céntimos. Cogió arroz, alubias, pasta, mucha carne, un poco de pescado, hortalizas y cosas de aseo personal. Al llegar a la cajera, esta le preguntó que qué le pasaba últimamente, que hacía cinco meses que no lo veía por ahí y si es que estaba enfermo o planeaba algo oscuro. Y las últimas palabras de Aurelio fueron: “nada me eclipsa”.

 

Al llegar a casa, colocó las cosas pausadamente en la despensa y en el frigorífico. Después cogió una obra de Cadalso y recordó aquel fragmento que decía: “¡Noche!, dilata tu duración; importa poco que te esperen con impaciencia el caminante para continuar su viaje y el labrador para seguir su tarea. Domina, noche, domina, y más y más sobre un mundo que por sus delitos se ha hecho indigno del sol. Quede aquel astro alumbrando a hombres mejores que los de estos climas. Mientras más dure tu oscuridad, más tiempo tendré de cumplir la promesa que hice al cadáver encima de su tumba, en medio de otros sepulcros, al pie de los altares y bajo la bóveda sagrada del templo”.

 

Y sin darse cuenta ya eran las seis de la mañana. Despuntaba el día con una melodía humeante. Y allí en ese momento y de esa forma se dio cuenta de lo que le atormentaba: la corona que se había formado en el sol, se trataba de un eclipse total, que cegó por un momento los ojos de Aurelio. Y como delirando, con los ojos en blanco, la voz cavernosa y el temple agitado exclamó:

 

Aquí estoy, aquí me tienes señor mío,

yo seré el primero entre los hombres,

a tu merced, alejado de tierras de laborío.

 

Formaremos, al son de la noche espectral,

una batalla de igual a igual;

mis hombres, cegados de la mano de Dios,

invocarán tu sangre, Sekhmet.

 

Nuestro clan perseguirá la sanguinidad;

transformémonos, oh aliados:

murciélago, rata, lobo, araña y cuervo,

amedrentad al simple mortal.

 

Moveremos objetos con nuestra energía,

destrozaremos cuerpos con nuestro anillo mágico.

 

Y los ataúdes de madera de pino

podrán eliminar los crucifijos del santo pío.

 

No tenemos sombra, no tenemos reflejo;

y ni por un solo río podemos mojar nuestra capa;

desplatemos las armas nocivas

y alejemos el hedor del maldito ajo.

 

Y aquí queda mi estirpe:

Asanbosam, Adze, Algul,

Alp, Aswang, Baital, Bajang,

Baoban-sith, Bhuta, Brahmaparush,

Bruxa, Ch’tang Shih, Cordewa,

Churel, Civatateo, Danag,

Nosferatu, Pelesit, Ramanga,

Zmeu, Vourdalak, Tlaciques…

 

Y los hijos, y los hijos de sus hijos,

y así ad infinitum.

 

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Aurelio fue el elegido para iniciar lo que tanto había odiado, lo que de tanto se había mofado, su destino le parecía ahora hermosamente bello, detrás quedó aquella inanición; sus manjares a partir de ahora eran sangre humana (preferiblemente de virgen pelirroja), aire y pescado azul.

 

Y con una sonrisa malévola se dirigió raudamente al supermercado; en cuanto la vio, sabía que ya sería feliz junto con ella; apartó su largo cabello caoba, la cogió del cuello y le susurró: “acompáñame, Susana” a lo que ella le respondió con una mueca de rebeldía: “contigo, mi señor, hasta el fin del mundo”.

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Patapalo
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Este relato me dice algo, y al mismo tiempo no lo recordaba (¿estaré bajo la influencia mesmérica del vampiro?). Una historia muy curiosa y bien llevada, aunque quizás haya un exceso de ruptura con el tema de la cajera. Supongo que no buscabas una continuidad argumental, pero al mismo tiempo me deja un sabor de conejo saliendo de la chistera.

En cualquier caso, un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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jspawn
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Lo de la cajera es un elemento que quería que estuviese ahí, es como si fuera un deseo oculto de todas mis vidas pasadas y de las futuras.

"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo a mí" (Ortega y Gasset)

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