La clasificación de manuscritos

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Una taxonomía ultrabreve sobre las obras que recibimos en el comité de lectura.

Después de un verano volviendo a poner en marcha los pesados engranajes de esa máquina infernal e indispensable que es el comité de lectura, tenemos la obligación (o quizás el deseo disfrazado de obligación) de analizar un poco con qué se alimenta. Sobre su funcionamiento ya publicamos la entrada Comités de lectura, y tampoco es que haya mucho que añadir, salvo que en Saco de huesos hemos ampliado las temáticas y ya no solo publicamos terror, sino también fantasía que tiende hacia la vertiente de espada y brujería. Así que vamos a los tipos de manuscritos que nos toca evaluar.

El primer bloque es el de los que ya están publicados. Es uno que ha aumentado sobremanera los últimos años, algo que muestra que el paradigma está cambiando, como supongo que lo haría cuando se popularizó el correo electrónico o en otras situaciones así. Los autores, al menos los que nos mandan sus manuscritos, cada vez tienen menos paciencia. En nuestra sociedad todo se ha vuelto inmediato y, sin demasiadas reflexiones, cada vez hay más gente que tiende a exigir un trato súbito para cualquier cosa. Pero, claro, leer manuscritos lleva tiempo, mucho tiempo, como ya explicamos en Paradojas temporales y comités de lectura.

Además, hay que decirlo claramente, la gran mayoría de este bloque, que tiende a ser el mayor en cuanto pillas retraso con la cola de lecturas, pasa por Amazon. Luego te vas encontrando algunos sellos de autoedición, que suelen ser los que menos tardan en contestar, y, de vez en cuando, alguna grata sorpresa, pero son las menos. En general, muchos de aquellos que no tienen la paciencia de esperar un veredicto terminan en estos lares. Que, ojo, no tienen por qué ser un problema: siempre he sido partidario de ir quemando cartuchos para foguearse e incluso de publicar gratuitamente en Internet, pero no hay que perder de vista que publicar es publicar. En cualquier caso, a nosotros nos quita trabajo, porque en estos momentos, salvo raras excepciones, ni nos planteamos publicar material que no sea inédito.

El segundo bloque, que es muy agradecido también, es el de la morralla. Y no uso el término con maldad o desprecio, sino con el deseo de que nos sacuda a todos como autores. No lo uso con desprecio porque ya haber escrito un mínimo de veinte mil palabras es una hazaña, una muestra de carácter, de pasión, de voluntad, de esfuerzo. Pero sí que tenemos que mantenernos despiertos porque toda esta hazaña, voluntad, pasión, etc. no es garantía de un resultado ni mínimamente aceptable, siento decirlo con tanta claridad. La cruel realidad nos lo recuerda con frecuencia.

La cantidad de manuscritos que están plagados de problemas de toda índole no dejará nunca de ser sorprendente porque hablamos de gente que pretende ser escritora. Es muy tentador recurrir al efecto Dunning-Kruger para justificar el desaguisado, pero yo creo que está más ligado al bloque uno: prisa por publicar. Los escritores, en general, tenemos ganas de contar cosas, tanto al principio, cuando todavía no nos hemos fogueado, como más adelante, cuando ya llevamos horas de vuelo suficientes para no sonrojarnos (con frecuencia). Las prisas no son buenas nunca, pero en literatura suelen ser nefastas. Merece la pena tomarse un tiempo para que los textos reposen, para cotejarlos con otros autores o aficionados, para encontrar una voz propia, para aprender los rudimentos del oficio. En serio.

La pirámide sigue estrechándose con el tercer bloque, el de los manuscritos globo. Con estos arrancas bien, tienen buena pinta, van bastante pulidos (al menos en los primeros capítulos)... pero, poco a poco, van perdiendo fuelle y poniendo a prueba la paciencia del comité de lectura. Mal asunto. De mayor importancia que la suspensión de la incredulidad, es el mantenimiento de la fe: si empezamos a perder la esperanza de que el manuscrito vaya a aguantar el tirón, empezaremos también a ponernos quisquillosos y buscar con más ahínco las faltas, los problemas, las vías de agua. Y, en la gran mayoría de los casos, no tardan en aparecer, seguramente porque el propio autor fue perdiendo fuelle durante la escritura.

Con las antologías de relatos se ve claramente porque empiezas a pensar que, si el siguiente no te deslumbra, te vas a ir al de cierre a ver si la cosa termina de derrumbarse. El ritmo de desinflado, por supuesto, es variable. Algunos aguantan el tipo mejor y la agonía se prolonga, pero los manuscritos de este grupo son los que más dependen del tamaño de la pila de lecturas pendientes (que es inversamente proporcional a la paciencia del comité de lectura). Son las primeras obras que dejan la sensación amarga de estar robando tiempo que se podría dedicar a otros aspectos de la editorial más productivos.

Una pequeña porción entran en una categoría objetivamente mejor pero subjetivamente demoledora: los invitados incómodos. Los jodidos están bien escritos, lo bastante para que te los hayas leído por completo o casi. Y si no encajan a la perfección en la línea editorial, sí se acercan lo suficiente para que hayas seguido con la lectura. No hay un elemento evidente para explicar al autor por qué lo has rechazado, salvo que no te ha apasionado lo suficiente. Hay algo que no ha terminado de cuajar, que no te ha hecho tilín, que no responde a tus criterios estéticos o vete tú a saber. El caso es que no te ves integrándolo en tu catálogo.

Es uno de esos libros que lees y te resulta entretenido o interesante, que incluso puedes llegar a recomendar a algún tipo de lector (de hecho, a veces les recomiendas otros editores, convencido de que encontrarán acomodo en otro lado), pero que quizás no te marcan lo suficiente para dar un sí a la pregunta clave: ¿me lo releería varias veces?

A aquellos que obtienen el sí les abrimos las puertas de la cripta. No son muchos, claro, porque la criba es muy dura, proporcional de alguna manera a nuestros recursos limitados. Con los elegidos, los miembros del quinto grupo, vamos a convivir mucho tiempo. Muchísimo. Antes de que se conviertan en un libro físico, durante las correcciones, las maquetaciones y las deliberaciones, y después, cuando toca hacer la promo, pasearlos por las ferias, ponerlos de largo para las presentaciones, encontrártelos una y otra vez cuando pones orden en el stock y toca mover cajas y estanterías. Más te vale amarlos...

Aunque inestable, la fotografía nos da una pirámide, como adelantaba intuitivamente mi colega Weiss hace ya años. Para ir escalando hasta arriba no suele bastar un golpe de suerte. A la paciencia para salir del primer grupo (que tampoco es que sea obligatorio) hay que sumar buenos apoyos para emerger del segundo bloque y trabajo de fondo para imponerse al tercero. Una vez estás entre el cuarto y el quinto, ya no hay recetas mágicas: dependerá de tu afinidad con el editor, porque esto es literatura y, sobre todo en sellos como el nuestro, que no tienen una vocación económica, tiene un componente subjetivo importante. Por eso, volvemos a uno de nuestros consejos clave: entérate de cómo es el catálogo de un sello antes de mandarles nada. Plantéate la cuestión de base: ¿te gustaría que tu obra viera la luz acompañada de las que ya han publicado?

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